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ASOCIACION “AMIGOS DE SAN JOSE”
Exhortación Apostólica

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A los Obispos, Sacerdotes,
Diáconos, Religiosos, Religiosas, y a todos los fieles: INTRODUCCIÓN 1. Llamado a ser el Custodio
del Redentor, "José... hizo como el ángel del Señor le había mandado, y
tomó consigo a su mujer" (Mt 1, 24). Desde los primeros siglos, los
Padres de De este modo, todo el pueblo
cristiano no sólo recurrirá con mayor fervor a san José e invocará confiado
su patrocinio, sino que tendrá siempre presente ante sus ojos su humilde y
maduro modo de servir, así como de "participar" en la economía de
la salvación.4 Considero, en efecto, que el volver a reflexionar
sobre la participación del Esposo de María en el misterio divino consentirá a
Precisamente José de Nazaret "participó" en este misterio como
ninguna otra persona, a excepción de María, I. EL MARCO EVANGÉLICO El Matrimonio con María 2. "José, hijo de David,
no temas tomar contigo a María tu mujer, porque lo engendrado en ella es del
Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque
él salvará a su pueblo de sus pecados." (Mt 1,
20-21). En estas palabras se halla el
núcleo central de la verdad bíblica sobre san José, el momento de su
existencia al que se refieren particularmente los Padres de Las palabras del ángel:
"Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo" (Lc 1, 28), provocaron una turbación interior en María y,
a la vez, le llevaron a la reflexión. Entonces el mensajero tranquiliza a El evangelista había afirmado poco
antes que, en el momento de la anunciación, María estaba "desposada con
un hombre llamado José, de la casa de David". La naturaleza de este
"desposorio" es explicada indirectamente, cuando María, después de
haber escuchado lo que el mensajero había dicho sobre el nacimiento del hijo,
pregunta: "¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?" (Lc 1, 34). Entonces le llega esta respuesta: "El
Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su
sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de
Dios" (Lc 1, 35). María, si bien ya estaba
"desposada" con José, permanecerá virgen, porque el niño, concebido
en su seno desde la anunciación, había sido concebido por obra del Espíritu
Santo. En este punto el texto de
Lucas coincide con el de Mateo 1, 18 y sirve para explicar lo que en él se
lee. Si María, después del desposorio con José, se halló "encinta por
obra del Espíritu Santo", este hecho corresponde a todo el contenido de
la anunciación y, de modo particular, a las últimas palabras pronunciadas por
María: "Hágase en mí según tu palabra" (Lc
1, 38). Respondiendo al claro designio de Dios, María con el paso de los días
y de las semanas se manifiesta ante la gente y ante José "encinta",
como aquella que debe dar a luz y lleva consigo el misterio de la maternidad.
Existe una profunda analogía entre
la "anunciación" del texto de Mateo y la del texto de Lucas. El
mensajero divino introduce a José en el misterio de la maternidad de María.
La que según la ley es su "esposa", permaneciendo virgen, se ha
convertido en madre por obra del Espíritu Santo. Y cuando el Hijo, llevado en
el seno por María, venga al mundo, recibirá el nombre de Jesús. Era éste un
nombre conocido entre los israelitas y, a veces, se ponía a los hijos. En
este caso, sin embargo, se trata del Hijo que, según la promesa divina, cumplirá
plenamente el significado de este nombre: Jesús-Yehosua,
que significa, Dios salva. El mensajero se dirige a José
como al "esposo de María", aquel que, a su debido tiempo, tendrá
que imponer ese nombre al Hijo que nacerá de "Despertado José del
sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su
mujer" (Mt 1, 24). El la tomó en todo el
misterio de su maternidad; la tomó junto con el Hijo que llegaría al mundo
por obra del Espíritu Santo, demostrando de tal modo una disponibilidad de
voluntad, semejante a la de María, en orden a lo que Dios le pedía por medio
de su mensajero. II. EL DEPOSITARIO DEL MISTERIO DE DIOS 4. Cuando María, poco después
de la anunciación, se dirigió a la casa de Zacarías para visitar a su
pariente Isabel, mientras la saludaba oyó las palabras pronunciadas por
Isabel "llena de Espíritu Santo" (Lc 1,
41). Además de las palabras relacionadas con el saludo del ángel en la
anunciación, Isabel dijo: "¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las
cosas que le fueron dichas de parte del Señor!" (Lc
1, 45). Estas palabras han sido el pensamiento-guía de la encíclica Redemptoris Mater, con la cual
he pretendido profundizar en las enseñanzas del Concilio Vaticano II que
afirma: " Ahora, al comienzo de esta
peregrinación, la fe de María se encuentra con la fe de José. Si Isabel dijo
de Se puede decir que lo que hizo
José le unió en modo particularísimo a la fe de
María. Aceptó como verdad proveniente de Dios lo que ella ya había aceptado
en la anunciación. El Concilio dice al respecto: "Cuando Dios revela hay
que prestarle "la obediencia de la fe", por la que el hombre se
confía libre y totalmente a Dios, prestando a Dios revelador el homenaje del
entendimiento y de la voluntad y asintiendo voluntariamente a la revelación
hecha por él."7 La frase anteriormente citada, que concierne
a la esencia misma de la fe, se refiere plenamente a José de Nazaret. 5. El, por tanto, se convirtió
en el depositario singular del misterio "escondido desde siglos en
Dios" (cf. Ef 3, 9), lo mismo que se convirtió
María en aquel momento decisivo que el Apóstol llama "la plenitud de los
tiempos", cuando "envió Dios a su Hijo, nacido de mujer" para
"rescatar a los que se hallaban bajo la ley", "para que recibieran
la filiación adoptiva" (cf. Gál 4, 4-5).
"Dispuso Dios -afirma el Concilio- en su sabiduría revelarse a sí mismo
y dar a conocer el misterio de su voluntad (cf. Ef
1, 9), mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado,
tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la
naturaleza divina (cf. Ef 2, 18; 2Pe 1, 4)."8
De este misterio divino José
es, junto con María, el primer depositario. Con María -y también en relación
con María- él participa en esta fase culminante de la auto-revelación de Dios
en Cristo, y participa desde el primer instante. Teniendo a la vista el texto
de ambos evangelistas Mateo y Lucas, se puede decir también que José es el
primero en participar de la fe de 6. La vía propia de José, su
peregrinación de la fe, se concluirá antes, es decir, antes de que María se
detenga ante El servicio de la paternidad 7. Como se deduce de los
textos evangélicos, el matrimonio con María es el fundamento jurídico de la
paternidad de José. Es para asegurar la protección paterna a Jesús por lo que
Dios elige a José como esposo de María. Se sigue de esto que la paternidad de
José -una relación que lo sitúa lo más cerca posible de Jesús, término de
toda elección y predestinación (cf. Rom 8, 28 s.)-
pasa a través del matrimonio con María, es decir, a través de la familia. Los evangelistas, aun
afirmando claramente que Jesús ha sido concebido por obra del Espíritu Santo
y que en aquel matrimonio se ha conservado la virginidad (cf. Mt 1, 18-25; Lc 1, 26-38),
llaman a José esposo de María y a María esposa de José (cf. Mt 1, 16. 18-20. 24; Lc 1, 27;
2, 5). Y también para El hijo de María es también
hijo de José en virtud del vínculo matrimonial que les une: "A raíz de
aquel matrimonio fiel ambos merecieron ser llamados padres de Cristo; no sólo
aquella madre, sino también aquel padre, del mismo modo que era esposo de su
madre, ambos por medio de la mente, no de la carne."13. En
este matrimonio, no faltaron los requisitos necesarios para su constitución:
"En los padres de Cristo se han cumplido todos los bienes del
matrimonio: la prole, la fidelidad y el sacramento. Conocemos la prole, que
es el mismo Señor Jesús; la fidelidad, porque no existe adulterio; el sacramento,
porque no hay divorcio."14 Analizando la naturaleza del
matrimonio, tanto san Agustín como santo Tomás la ponen siempre en la
"indivisible unión espiritual", en la "unión de los
corazones", en el "consentimiento,"15 elementos que
en aquel matrimonio se han manifestado de modo ejemplar. En el momento
culminante de la historia de la salvación, cuando Dios revela su amor a la
humanidad mediante el don del Verbo, es precisamente el matrimonio de María y
José el que realiza en plena "libertad" el "don esponsal de sí" al acoger y expresar tal amor.16
"En esta grande obra de renovación de todas las cosas en Cristo, el
matrimonio, purificado y renovado, se convierte en una realidad nueva, en un
sacramento de la nueva Alianza. Y he aquí que en el umbral del Nuevo
Testamento, como ya al comienzo del Antiguo, hay una pareja. Pero, mientras
la de Adán y Eva había sido fuente del mal que ha inundado al mundo, la de
José y María constituye el vértice, por medio del cual la santidad se esparce
por toda la tierra. El Salvador ha iniciado la obra de la salvación con esta
unión virginal y santa, en la que se manifiesta su omnipotente voluntad de
purificar y santificar la familia, santuario de amor y cuna de la vida."17 ¡Cuántas enseñanzas se derivan
de todo esto para la familia! Porque "la esencia y el cometido de la
familia son definidos en última instancia por el amor" y "la
familia recibe la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, como
reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la humanidad y del
amor de Cristo Señor por 8. San José ha sido llamado
por Dios para servir directamente a la persona y a la misión de Jesús
mediante el ejercicio de su paternidad; de este modo él coopera en la plenitud
de los tiempos en el gran misterio de la redención y es verdaderamente
"ministro de la salvación."21 Su paternidad se ha
expresado concretamente "al haber hecho de su vida un servicio, un
sacrificio, al misterio de la encarnación y a la misión redentora que está
unida a él; al haber hecho uso de la autoridad legal, que le correspondía
sobre La liturgia, al recordar que
han sido confiados "a la fiel custodia de san José los primeros
misterios de la salvación de los hombres,"23 precisa también
que "Dios le ha puesto al cuidado de su familia, como siervo fiel y
prudente, para que custodiara como padre a su Hijo unigénito."24
León XIII subraya la sublimidad de esta misión: "El se impone entre
todos por su augusta dignidad, dado que por disposición divina fue custodio
y, en la creencia de los hombres, padre del Hijo de Dios. De donde se seguía
que el Verbo de Dios se sometiera a José, le obedeciera y le diera aquel
honor y aquella reverencia que los hijos deben a su propio padre."25 Al no ser concebible que a una
misión tan sublime no correspondan las cualidades exigidas para llevarla a
cabo de forma adecuada, es necesario reconocer que José tuvo hacia Jesús
"por don especial del cielo, todo aquel amor natural, toda aquella
afectuosa solicitud que el corazón de un padre pueda conocer."26
Con la potestad paterna sobre Jesús, Dios ha otorgado también a José el amor
correspondiente, aquel amor que tiene su fuente en el Padre, "de quien
toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra" (Ef 3, 15). En los Evangelios se expone
claramente la tarea paterna de José respecto a Jesús. De hecho, la salvación,
que pasa a través de la humanidad de Jesús, se realiza en los gestos que
forman parte diariamente de la vida familiar, respetando aquella "condescendencia"
inherente a la economía de la encarnación. Los Evangelistas están muy atentos
en mostrar cómo en la vida de Jesús nada se deja a la casualidad y todo se
desarrolla según un plan divinamente preestablecido. La fórmula repetida a
menudo: "Así sucedió, para que se cumplieran..." y la referencia
del acontecimiento descrito a un texto del Antiguo Testamento, tienden a
subrayar la unidad y la continuidad del proyecto, que alcanza en Cristo su
cumplimiento. Con El censo 9. Dirigiéndose a Belén para
el censo, de acuerdo con las disposiciones emanadas por la autoridad
legítima, José, respecto al niño, cumplió la tarea importante y significativa
de inscribir oficialmente el nombre "Jesús, hijo de José de Nazaret" (cf. Jn 1, 45) en
el registro del Imperio. Esta inscripción manifiesta de modo evidente la
pertenencia de Jesús al género humano, hombre entre los hombres, ciudadano de
este mundo, sujeto a las leyes e instituciones civiles, pero también
"salvador del mundo". Orígenes describe acertadamente el
significado teológico inherente a este hecho histórico, ciertamente nada
marginal: "Dado que el primer censo de toda la tierra acaeció bajo César
Augusto y, como todos los demás, también José se hizo registrar junto con
María su esposa, que estaba encinta, Jesús nació antes de que el censo se
hubiera llevado a cabo; a quien considere esto con profunda atención, le
parecerá ver una especie de misterio en el hecho de que en la declaración de
toda la tierra debiera ser censado Cristo. De este modo, registrado con
todos, podía santificar a todos; inscrito en el censo con toda la tierra, a
la tierra ofrecía la comunión consigo; y después de esta declaración escribía
a todos los hombres de la tierra en el libro de los vivos, de modo que
cuantos hubieran creído en él, fueran luego registrados en el cielo con los
Santos de Aquel a quien se debe la gloria y el poder por los siglos de los
siglos. Amén." El nacimiento en Belén 10. Como depositarios del
misterio "escondido desde siglos en Dios" y que empieza a
realizarse ante sus ojos "en la plenitud de los tiempos", José es
con María, en la noche de Belén, testigo privilegiado de la venida del Hijo
de Dios al mundo. Así lo narra Lucas: "Y sucedió que, mientras ellos
estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz su
hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no
tenían sitio en el alojamiento" (Lc 2, 6-7). José fue testigo ocular de
este nacimiento, acaecida en condiciones humanamente humillantes, primer
anuncio de aquel "anonadamiento" (Flp 2,
5-8), al que Cristo libremente consintió para redimir los pecados. Al mismo
tiempo José fue testigo de la adoración de los pastores, llegados al lugar
del nacimiento de Jesús después de que el ángel les había traído esta grande
y gozosa nueva (cf. Lc 2, 15-16); más tarde fue
también testigo de la adoración de los Magos, venidos de Oriente (cf. Mt 2, 11). 11. Siendo la circuncisión del
hijo el primer deber religioso del padre, José con este rito (cf. Lc 2, 21) ejercita su derecho-deber respecto a Jesús. El
principio según el cual todos los ritos del Antiguo Testamento son una sombra
de la realidad (cf. Heb 9, 9 s.; 10, 1), explica el
por qué Jesús los acepta. Como para los otros ritos, también el de la
circuncisión halla en Jesús el "cumplimiento". 12. En la circuncisión, José
impone al niño el nombre de Jesús. Este nombre es el único en el que se halla
la salvación (cf. Hech 4, 12); y a José le había
sido revelado el significado en el instante de su "anunciación":
"Y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus
pecados" (Mt 1, 21). Al imponer el nombre,
José declara su paternidad legal sobre Jesús y, al proclamar el nombre,
proclama también su misión salvadora. La presentación de Jesús en el
templo 13. Este rito, narrado por
Lucas (2, 2 ss.), incluye el rescate del
primogénito e ilumina la posterior permanencia de Jesús a los doce años de
edad en el templo. El rescate del primogénito es otro deber del padre, que es
cumplido por José. En el primogénito estaba representado el pueblo de El Evangelista pone de
manifiesto que "su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía
de él" (Lc 2, 33), y, de modo particular, de lo
dicho por Simeón, en su canto dirigido a Dios, al indicar a Jesús como la
"salvación preparada por Dios a la vista de todos los pueblos" y
"luz para iluminar a los gentiles y gloria de su pueblo Israel" y,
más adelante, también "señal de contradicción" (cf. Lc 2, 30-34). La huida a Egipto 14. Después de la presentación
en el templo el evangelista Lucas hace notar: "Así que cumplieron todas
las cosas según De este modo, el camino de
regreso de Jesús desde Belén a Nazaret pasó a
través de Egipto. Así como Israel había tomado la vía del éxodo "en
condición de esclavitud" para iniciar Jesús en el templo 15. Desde el momento de la
anunciación, José, junto con María, se encontró en cierto sentido en la
intimidad del misterio escondido desde siglos en Dios, y que se encarnó:
"Y Jesús participó en esta fiesta
como joven peregrino junto con María y José. Y he aquí que "pasados los
días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres" (Lc 2, 43). Pasado un día se dieron cuenta e iniciaron la
búsqueda entre los parientes y conocidos: "Al cabo de tres días, lo
encontraron en el templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y
preguntándoles. Todos los que le oían estaban estupefactos por su inteligencia
y sus respuestas" (Lc 2, 46-47). María le
pregunta: "Hijo ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo,
angustiados, te andábamos buscando" (Lc 2,
48). La respuesta de Jesús fue tal que "ellos no comprendieron". El
les había dicho: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabéis que yo debía ocuparme en
las cosas de mi Padre?" (Lc 2, 49-50). Esta respuesta la oyó José, a
quien María se había referido poco antes llamándole "tu padre". Y
así es lo que se decía y pensaba: "Jesús... era, según se creía, hijo de
José" (Lc 3, 23). No obstante, la respuesta de
Jesús en el templo habría reafirmado en la conciencia del "presunto
padre" lo que éste había oído una noche doce años antes: "José...
no temas tomar contigo a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella es del
Espíritu Santo" (Mt 1, 20). Ya desde entonces,
él sabía que era depositario del misterio de Dios, y Jesús en el templo evocó
exactamente este misterio: "Debo ocuparme en las cosas de mi
Padre". El mantenimiento y educación
de Jesús en Nazaret 16. El crecimiento de Jesús
"en sabiduría, edad y gracia" (Lc 2, 52)
se desarrolla en el ámbito de En el sacrificio eucarístico Por su parte, Jesús
"vivía sujeto a ellos" (Lc 2, 51),
correspondiendo con el respeto a las atenciones de sus "padres". De
esta manera quiso santificar los deberes de la familia y del trabajo que
desempeñaba al lado de José. III. EL VARÓN JUSTO - EL ESPOSO 17. Durante su vida, que fue
una peregrinación en la fe, José, al igual que María, permaneció fiel a la
llamada de dios hasta el final. La vida de ella fue el cumplimiento hasta sus
últimas consecuencias de aquel primer "fíat"
pronunciado en el momento de la anunciación, mientras que José -como ya se ha
dicho- en el momento de su "anunciación" no pronunció palabra
alguna. Simplemente él "hizo como el ángel del Señor le había
mandado" (Mt 1, 24). Y este primer
"hizo" es el comienzo del "camino de José". A lo largo de
este camino; los Evangelios no citan ninguna palabra dicha por él. Pero el
silencio de José posee una especial elocuencia: gracias a este silencio se
puede leer plenamente la verdad contenida en el juicio que de él da el
Evangelio: el "justo" (Mt 1, 19). Hace
falta saber leer esta verdad, porque ella contiene uno de los testimonios más
importantes acerca del hombre y de su vocación. En el transcurso de las
generaciones 18. El varón "justo"
de Nazaret posee ante todo las características
propias del esposo. El Evangelista habla de María como de "una virgen
desposada con un hombre llamado José" (Lc 1,
27). Antes de que comience a cumplirse "el misterio escondido desde
siglos" (Ef 3, 9) los Evangelios ponen ante
nuestros ojos la imagen del esposo y de la esposa. Según la costumbre del
pueblo hebreo, el matrimonio se realizaba en dos etapas: primero se celebraba
el matrimonio legal (verdadero matrimonio) y, sólo después de un cierto
periodo, el esposo introducía en su casa a la esposa. Antes de vivir con
María, José era, por tanto, su "esposo"; pero María conservaba en
su intimidad el deseo de entregarse a Dios de modo exclusivo. Se podría
preguntar cómo se concilia este deseo con el "matrimonio". La
respuesta viene sólo del desarrollo de los acontecimientos salvíficos, esto es, de la especial intervención de Dios.
Desde el momento de la anunciación, María sabe que debe llevar a cabo su
deseo virginal de darse a Dios de modo exclusivo y total precisamente por el
hecho de llegar a ser la madre del Hijo de Dios. La maternidad por obra del
Espíritu Santo es la forma de donación que el mismo Dios espera de El hecho de ser ella la
"esposa prometida" de José está contenido en el designio mismo de
Dios. Así lo indican los dos Evangelistas citados, pero de modo particular
Mateo. Son muy significativas las palabras dichas a José: "No temas en
tomar contigo a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu
Santo" (Mt 1, 20). Estas palabras explican el
misterio de la esposa de José: María es virgen en su maternidad. En ella el
"Hijo del Altísimo" asume un cuerpo humano y viene a ser "el
Hijo del hombre". Dios, dirigiéndose a José con
las palabras del ángel, se dirige a él al ser el esposo de 19. En las palabras de la
"anunciación" nocturna, José escucha no sólo la verdad divina
acerca de la inefable vocación de su esposa, sino que también vuelve a
escuchar la verdad sobre su propia vocación. Este hombre "justo",
que en el espíritu de las más nobles tradiciones del pueblo elegido amaba a
la virgen de Nazaret y se había unido a ella con
amor esponsal, es llamado nuevamente por Dios a
este amor. "José hizo como el ángel
del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer" (Mt 1, 24); lo que en ella había sido engendrado "es
del Espíritu Santo". A la vista de estas expresiones, ¿no habrá que
concluir que también su amor como hombre ha sido regenerado por el Espíritu
Santo? ¿No habrá que pensar que el amor de Dios, que ha sido derramado en el
corazón humano por medio del Espíritu Santo (cf. Rom
5, 5) configura de modo perfecto el amor humano? Este amor de Dios forma
también -y de modo muy singular- el amor esponsal
de los cónyuges, profundizando en él todo lo que tiene de humanamente digno y
bello, lo que lleva el signo del abandono exclusivo, de la alianza de las
personas y de la comunión auténtica a ejemplo del Misterio trinitario. "José... tomó consigo a
su mujer. Y no la conocía hasta que ella dio a luz un hijo" (Mt 1, 24-25). Estas palabras indican también otra
proximidad esponsal. La profundidad de esta
proximidad, es decir, la intensidad espiritual de la unión y del contacto
entre personas -entre el hombre y la mujer- proviene en definitiva del
Espíritu Santo, que da la vida (cf. Jn 6, 63).
José, obediente al Espíritu, encontró justamente en El la fuente del amor, de
su amor esponsal de hombre, y este amor fue más
grande que el que aquel "varón justo" podía esperarse según la
medida del propio corazón humano. 20. En la liturgia se celebra
a María como "unida a José, el hombre justo, por un estrechísimo y
virginal vínculo de amor."31 Se trata, en efecto, de dos
amores que representan conjuntamente el misterio de Mediante el sacrificio total
de sí mismo José expresa su generoso amor hacia Por otra parte, es
precisamente del matrimonio con María del que derivan para José su singular
dignidad y sus derechos sobre Jesús. "Es cierto que la dignidad de Madre
de Dios llega tan alto que nada puede existir más sublime; mas, porque entre
la beatísima Virgen y José se estrechó un lazo conyugal, no hay duda de que a
aquella altísima dignidad, por la que 21. Este vínculo de caridad
constituyó la vida de En base a este principio
adquieren su justo significado las palabras de María a Jesús en el templo:
"Tu padre y yo... te buscábamos". Esta no es una frase
convencional; las palabras de IV. EL TRABAJO EXPRESIÓN DEL AMOR 22. Expresión cotidiana de
este amor en la vida de 23. En el crecimiento humano
de Jesús "en sabiduría, edad y gracia" representó una parte notable
la virtud de la laboriosidad, al ser "el trabajo un bien del
hombre" que "transforma la naturaleza" y que hace al hombre
"en cierto sentido más hombre."34 La importancia del trabajo en
la vida del hombre requiere que se conozcan y asimilen aquellos contenidos
"que ayuden a todos los hombres a acercarse a través de él a Dios,
Creador y Redentor, a participar en sus planes salvíficos
respecto al hombre y al mundo y a profundizar en sus vidas la amistad con
Cristo, asumiendo mediante la fe una viva participación en su triple misión
de sacerdote, profeta y rey." 34. Se trata, en definitiva,
de la santificación de la vida cotidiana, que cada uno debe alcanzar según el
propio estado y que puede ser fomentada según un modelo accesible a todos:
"San José es el modelo de los humildes, que el cristianismo eleva a
grandes destinos; san José es la prueba de que para ser buenos y auténticos
seguidores de Cristo no se necesitan "grandes cosas", sino que se
requieren solamente las virtudes comunes, humanas, sencillas, pero verdaderas
y auténticas."36 V. EL PRIMADO DE 25. También el trabajo de
carpintero en la casa de Nazaret está envuelto por
el mismo clima de silencio que acompaña todo lo relacionado con la figura de
José. Pero es un silencio que descubre de modo especial el perfil interior de
esta figura. Los Evangelios hablan exclusivamente de lo que José
"hizo"; sin embargo permiten descubrir en sus "acciones"
-ocultas por el silencio- un clima de profunda contemplación. José estaba en
contacto cotidiano con el misterio "escondido desde siglos", que
"puso su morada" bajo el techo de su casa. Esto explica, por
ejemplo, por qué Santa Teresa de Jesús, la gran reformadora del Carmelo
contemplativo, se hizo promotora de la renovación del culto a san José en la
cristiandad occidental. 26. El sacrificio total, que
José hizo de toda su existencia a las exigencias de la venida del Mesías a su
propia casa, encuentra una razón adecuada "en su insondable vida
interior, de la que le llegan mandatos y consuelos singularísimos,
y de donde surge para él la lógica y la fuerza -propia de las almas sencillas
y limpias- para las grandes decisiones, como la de poner enseguida a
disposición de los designios divinos su libertad, su legítima vocación
humana, su fidelidad conyugal, aceptando de la familia su condición propia,
su responsabilidad y peso, y renunciando, por un amor virginal incomparable,
al natural amor conyugal que la constituye y alimenta."37 Esta sumisión a Dios, que es
disponibilidad de ánimo para dedicarse a las cosas que se refieren a su
servicio, no es otra cosa que el ejercicio de la devoción, la cual constituye
una de las expresiones de la virtud de la religión.38 27. La comunión de vida entre
José y Jesús nos lleva todavía a considerar el misterio de la encarnación
precisamente bajo el aspecto de la humanidad de Cristo, instrumento eficaz de
la divinidad en orden a la santificación de los hombres: "En virtud de
la divinidad, las acciones humanas de Cristo fueron salvíficas
para nosotros, produciendo en nosotros la gracia tanto por razón del mérito,
como por una cierta eficacia."39 Entre estas acciones los
Evangelistas resaltan las relativas al misterio pascual, pero tampoco olvidan
subrayar la importancia del contacto físico con Jesús en orden a la curación
(cf., p.e., Mc 1, 41) y
el influjo ejercido por él sobre Juan Bautista, cuando ambos estaban aún en
el seno materno (cf. Lc 1, 41-44). El testimonio
apostólico no ha olvidado -como hemos visto- la narración del nacimiento de
Jesús, la circuncisión, la presentación en el templo, la huida a Egipto y la
vida oculta en Nazaret, por el "misterio"
de gracia contenido en tales "gestos", todos ellos salvíficos, al ser partícipes de la misma fuente de amor:
la divinidad de Cristo. Si este amor se irradiaba a todos los hombres, a
través de la humanidad de Cristo, los beneficiados en primer lugar eran ciertamente:
María, su madre, y su padre putativo, José, a quienes la voluntad divina
había colocado en su estrecha intimidad.40 Puesto que el amor
"paterno" de José no podía dejar de influir en el amor
"filial" de Jesús y, viceversa, el amor "filial" de Jesús
no podía dejar de influir en el amor "paterno" de José, ¿cómo
adentrarnos en la profundidad de esta relación singularísima?
Las almas más sensibles a los impulsos del amor divino ven con razón en José
un luminoso ejemplo de vida interior. Además, la aparente tensión
entre la vida activa y la contemplativa encuentra en él una superación ideal,
cosa posible en quien posee la perfección de la caridad. Según la conocida
distinción entre el amor de la verdad (caritas veritatis)
y la exigencia del amor (necessitas caritatis)41, podemos
decir que José ha experimentado tanto el amor a la verdad, esto es, el puro
amor de contemplación de VI. PATRONO DE 28. En tiempos difíciles para 29. Este patrocinio debe ser
invocado y todavía es necesario a 30. Además de la certeza en su
segura protección, Pablo VI invitaba a invocar
este patrocinio "como 31. Hace ya cien años el Papa León
XIII exhortaba al mundo católico a orar para obtener la protección de san
José, patrono de toda Aún hoy tenemos muchos motivos
para orar con las mismas palabras de León XIII: "Aleja de nosotros, oh padre amantísimo, este flagelo de errores y vicios...
Asístenos propicio desde el cielo en esta lucha contra el poder de las
tinieblas...; y como en otro tiempo libraste de la muerte la vida amenazada
del niño Jesús, así ahora defiende a la santa Iglesia de Dios de las hostiles
insidias y de toda adversidad."49 Aún hoy existen suficientes
motivos para encomendar a todos los hombres a san José. 32. Deseo vivamente que el
presente recuerdo de la figura de san José renueve también en nosotros la
intensidad de la oración que hace un siglo mi Predecesor recomendó dirigirle.
Esta plegaria y la misma figura de José adquieren una renovada actualidad
para El varón justo, que llevaba
consigo todo el patrimonio de Que san José obtenga para Dado en Roma, junto a San
Pedro, el día 15 de agosto, solemnidad de Joannes Paulus, PP II..................................................................................Amigos de San José |
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