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ASOCIACION “AMIGOS DE SAN JOSE”
Encíclica

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QUAMQUAM
PLURIES A Nuestros
Venerables Hermanos los Patriarcas, Primados, Arzobispos y otros Ordinarios,
en Paz y Unión con 1. Aunque muchas
veces antes Nos hemos dispuesto que se ofrezcan oraciones especiales en el
mundo entero, para que las intenciones del Catolicismo puedan ser
insistentemente encomendadas a Dios, nadie considerará como motivo de
sorpresa que Nos consideremos el momento presente como oportuno para inculcar
nuevamente el mismo deber. Durante períodos de
tensión y de prueba —sobre todo cuando parece en los hechos que toda ausencia
de ley es permitida a los poderes de la oscuridad— ha sido costumbre en Ahora, Venerables
Hermanos, ustedes conocen los tiempos en los que vivimos; son poco menos
deplorables para la religión cristiana que los peores días, que en el pasado
estuvieron llenos de miseria para 2. Este es el motivo
por el que Nos hemos considerado necesario dirigirnos al pueblo cristiano y
exhortarlo a implorar, con mayor celo y constancia, el auxilio de Dios
Todopoderoso. Estando próximos al mes de octubre, que hemos consagrado a Si, en innumerables
ocasiones, ella ha mostrado su poder en auxilio del mundo cristiano, ¿por qué
habríamos de dudar de que ahora renueve la asistencia de su poder y favor, si
en todas partes se le ofrecen humildes y constantes plegarias? No, por el
contrario creemos en que su intervención será de lo más extraordinaria, al
habernos permitido elevarle nuestras plegarias, por tan largo tiempo, con
súplicas tan especiales. Pero Nos tenemos en mente otro objeto, en el cual,
de acuerdo con lo acostumbrado en ustedes, Venerables Hermanos, avanzarán con
fervor. Para que Dios sea más
favorable a nuestras oraciones, y para que Él venga con misericordia y
prontitud en auxilio de Su Iglesia, Nos juzgamos de profunda utilidad para el
pueblo cristiano, invocar continuamente con gran piedad y confianza, junto
con Con respecto a esta
devoción, de la cual Nos hablamos públicamente por primera vez el día de hoy,
sabemos sin duda que no sólo el pueblo se inclina a ella, sino que de hecho
ya se encuentra establecida, y que avanza hacia su pleno desarrollo. Hemos
visto la devoción a San José, que en el pasado han desarrollado y
gradualmente incrementado los Romanos Pontífices, crecer a mayores proporciones
en nuestro tiempo, particularmente después que Pío IX, de feliz memoria,
nuestro predecesor, proclamase, dando su consentimiento al pedido de un gran
número de obispos, a este santo patriarca como el Patrono de 3. Las razones por
las que el bienaventurado San José debe ser considerado especial patrono de El se impone entre
todos por su augusta dignidad, dado que por disposición divina fue custodio
y, en la creencia de los hombres, padre del Hijo de Dios. De donde se seguía
que el Verbo de Dios se sometiera a San José, le obedeciera y le diera aquel
honor y aquella reverencia que los hijos deben a sus propios padres. De esta
doble dignidad se siguió la obligación que la naturaleza pone en la cabeza de
las familias, de modo que San José, en su momento, fue el custodio legítimo y
natural, cabeza y defensor de Es, por tanto,
conveniente y sumamente digno del bienaventurado San José que, lo mismo que
entonces solía tutelar santamente en todo momento a la familia de Nazaret, así proteja ahora y defienda con su celeste
patrocinio a 4. Ustedes comprenden
bien, Venerables Hermanos, que estas consideraciones se encuentran
confirmadas por la opinión sostenida por un gran número de los Padres, y que Estas son las razones
por las que hombres de todo tipo y nación han de acercarse a la confianza y
tutela del bienaventurado San José. Los padres de familia encuentran en San
José la mejor personificación de la paternal solicitud y vigilancia; los
esposos, un modelo perfecto de amor, de paz, de fidelidad conyugal; las
vírgenes a la vez encuentran en él el modelo y protector de la integridad
virginal. Los nobles de nacimiento aprenderán de José como custodiar su
dignidad incluso en las desgracias; los ricos entenderán, por sus lecciones,
cuáles son los bienes que han de ser deseados y obtenidos con el precio de su
trabajo. En cuanto a los trabajadores, artesanos y personas de menor grado,
su recurso a San José es un derecho especial, y su ejemplo está para su
particular imitación. Pues San José, de sangre real, unido en matrimonio a la
más grande y santa de las mujeres, considerado el padre del Hijo de Dios,
pasó su vida trabajando, y ganó con la fatiga del artesano el necesario
sostén para su familia. Es, entonces, cierto que la condición de los más
humildes no tiene en sí nada de vergonzoso, y el trabajo del obrero no sólo
no es deshonroso, sino que, si lleva unida a sí la virtud, puede ser
singularmente ennoblecido. San José, contento con sus pocas posesiones, pasó
las pruebas que acompañan a una fortuna tan escasa, con magnanimidad,
imitando a su Hijo, quien habiendo tomado la forma de siervo, siendo el Señor
de la vida, se sometió a sí mismo por su propia libre voluntad al despojo y
la pérdida de todo. 5. Por medio de estas
consideraciones, los pobres y aquellos que viven con el trabajo de sus manos
han de ser de buen corazón y aprender a ser justos. Si ganan el derecho de
dejar la pobreza y adquirir un mejor nivel por medios legítimos, que la razón
y la justicia los sostengan para cambiar el orden establecido, en primer instancia, para ellos por 6. Es por esto que
—confiando mucho en su celo y autoridad episcopal, Venerables hermanos, y sin
dudar que los fieles buenos y piadosos irán más allá de la mera letra de la
ley— disponemos que durante todo el mes de octubre, durante el rezo del
Rosario, sobre el cual ya hemos legislado, se añada una oración a San José,
cuya fórmula será enviada junto con la presente, y que esta costumbre sea
repetida todos los años. A quienes reciten esta oración, les concedemos cada
vez una indulgencia de siete años y siete Cuaresmas. Es una práctica
saludable y verdaderamente laudable, ya establecida en algunos países,
consagrar el mes de marzo al honor del santo Patriarca por medio de diarios
ejercicios de piedad. Donde esta costumbre no sea fácil de establecer, es al
menos deseable, que antes del día de fiesta, en la iglesia principal de cada
parroquia, se celebre un triduo de oración. En aquellas tierras donde el 19
de marzo —fiesta de San José— no es una festividad obligatoria, Nos
exhortamos a los fieles a santificarla en cuanto sea posible por medio de
prácticas privadas de piedad, en honor de su celestial patrono, como si fuera
un día de obligación. 7. Como prenda de
celestiales favores, y en testimonio de nuestra buena voluntad, impartimos
muy afectuosamente en el Señor, a ustedes, Venerables Hermanos, a su clero y
a su pueblo, la bendición apostólica. Dado en el
Vaticano, el 15 de agosto de 1889, undécimo año de
nuestro pontificado. . |
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